Agosto 2, 2017

El recorrido democrático en la Argentina ya es considerable: la mayor parte de la población Argentina -por el lógico recambio generacional de estos 34 años de elecciones ininterrumpidas- ya ha vivido casi toda su vida participando del proceso democrático. Ha aprendido a no leer el juego electoral como si fuera un inocente e inocuo multiple choice. El Estado argentino, por su parte, pese a los vaivenes de los gobiernos electos hasta el momento, ha seguido firme en la defensa de los valores republicanos para asegurar esa continuidad que Alfonsín resumía en la frase: “100 años de democracia”.

El votante de la democracia argentina del siglo XXI, en consecuencia, ya no puede alegar que no comprende las reglas del juego: sabe que los políticos mienten en campaña, que las alianzas no garantizan gobernabilidad, que no todos los jueces son imparciales y que no todos los legisladores son fieles a la fuerza que los llevó al triunfo. Saben también algo que exige aún más sutileza: que el cuarto poder, el de los medios, tiene una influencia decisiva en la opinión pública. Como decía la propaganda de Clarín: “la realidad se puede tapar o se puede poner en la tapa”.

En el ámbito legal está claro que el acusado no puede alegar como recurso de defensa su propia torpeza. Es decir: el votante argentino ya no puede decir que lo engañaron. Sabe que hay una grieta y que, para elegir cabalmente a su candidato preferido, debe aprender a ver entre los intersticios. No sólo lo que dicen los candidatos sino también –o sobre todo- lo que callan.

La polarización en las últimas elecciones y la que se advierte en las que vienen deja en claro que el electorado no quiere tirar el voto. Quiere votar a quienes están dirimiendo la batalla política y cultural del país. Sabe que el gobierno quiere instalar el discurso sobre la corrupción para eludir lo económico, y disimular sus errores bajo el manto del “honestismo”, en tanto que el kirchnerismo pone el acento en las dificultades del nuevo modelo económico para escapar de su propio estigma de corrupción, pues ya el recurso de la “victimización”, dada la avalancha de evidencias en su contra, ya no le sirve para eludir su responsabilidad ante un electorado sensible a este problema.

De esa grieta intentan escapar Massa y Lousteau, que plantean sus estrategias de campaña como aquellos que vienen a liberar al votante de la agenda del gobierno o de los K. Dan por sentada, tal vez, esta inteligencia del votante, que no quiere perder su voto pero puede apostar por una nueva propuesta si ésta se muestra con posibilidades de llegar con fuerza a octubre. Pese a las encuestas, no hay que descartar esta sorpresa, dado que la gente también está buscando una renovación. Es la diagonal que supo aprovechar Obama, en su tiempo, para darle una nueva opción a quienes se sentían constreñidos a optar entre los Bush y los Clinton, y es el atajo que encontró un outsider como Trump, para darle a los votantes un respiro entre los Clinton y el anquilosado republicanismo a lo John Mc Kein. La lista, a nivel global, es amplia, e incluye a debutantes inesperados como Emmanuel Macron.

Como indica un análisis en la versión digital de La Nación de hoy, los políticos saben que sólo tendrán el voto fácil de su núcleo duro: para el resto, vale decir, ese votante más sofisticado que ha aprendido a leer entre líneas, tendrá que esforzarse con un discurso más preciso y menos maniqueo. Un desafío interesante, tanto para los candidatos como para el electorado: para unos, no subestimar al votante. Para los otros, leer entre líneas sin comerse el anzuelo de los “relatos” electorales. Y también para los medios de información, que ya saben que buena parte de sus lectores van más allá de la letra grande de sus titulares.
Escribe FERNANDO LEON