El debate acerca de si las herramientas, modos, metodologías y fundamentos de las organizaciones del  mundo de la empresa podían extrapolarse al sector público ha generado controversias a lo largo de todo el siglo XX. Esta discusión de profundizó a fines de los 80 y principios de los 90 cuando se forjó el concepto de New Public Management, que sentaba la bases para reformar la administración pública adoptando valores como eficacia, eficiencia y control, hasta ese momento elementos centrales del paradigma empresarial. En parte porque rápidamente demostró no ser el camino para la eficiencia y la eficacia que pregonaba pero fundamentalmente porque las burocracias clásicas de corte weberiano no estaban preparadas para semejante transformación esta revolución de lo público fracasó, aún cuando haya dejado marcas en la gestión pública nacional, provincial y municipal en Argentina. Este proceso fallido ha dejado como corolario una convivencia entre la organización clásica y la moderna, con un ADN híbrido que deja como saldo final una deuda, la de satisfacer las demandas de la sociedad, integrada por ciudadanos que quieren vivir mejor, con más justicia, con acceso a los servicios básicos y con oportunidades para desarrollar, cada uno, su potencial.

Ya pasados más de 20 años de aquella disputa de dimensiones globales otro debate se aproxima, con otro tono y con un nuevo actor, la tecnología, más precisamente las tecnologías de la información. En esta oportunidad no existen postulados grandilocuentes ni autores de renombre que dan cátedra e intentan contagiar a los gobiernos de todo el mundo. El debate por cómo gestionar mejor lo pública nace, aunque esto no debiera parecer paradójico, desde el propio sector gubernamental. En vísperas de la 4° Revolución Industrial (la del conocimiento), en un mundo que se ha volcado fuertemente a lo digital y sabiendo que lo que estamos viendo es apenas el comienzo de un cambio de paradigma global, los gobiernos saben que las empresas, más precisamente las de base tecnológica, son causa y consecuencia de este proceso. No debe sorprendernos entonces que se deba poner en el foco en ellas para aprender como desenvolverse en un mundo en el que las organizaciones que crecen –está ampliamente demostrado- son aquellas que se han adaptado con rapidez a este nuevo ecosistema. Este ecosistema ya no dominado por los ejércitos o el capital sino por los datos, por la información.

Tres autores surgidos del corazón de Silicon Valley han postulado la teoría de las organizaciones exponenciales, que, según ellos, son aquellas que basan su método de producción en la información. Son, a su criterio, las organizaciones que más crecen, las que lo hacen de forma más rápida y las que mejores soluciones ofrecen a sus usuarios. Son entidades amigables con el medio ambiente, que utilizan con buen sentido todos los datos que genera la comunidad. Ha logrado, se podría decir, catalizar los procesos de producción de información para lograr dar respuestas más rápidas, económicas y precisas. ¿Podrán los gobiernos interpretar este fenómeno descripto por Ismail, Malone y Van Geest para reconvertir su forma de gestionar lo público en base a información? ¿Podrá algún gobierno local adelantarse a la discusión y demostrar con hechos que el uso de datos llegó para quedarse? ¿Tendrá ese gobierno local la información que necesita? ¿Podrá obtener de la comunidad, de sus vecinos aquella que le falta?

Vamos camino a presenciar un momento inédito en la historia de los gobiernos locales. Será un debate en el que tecnología, privacidad, cercanía, segmentación y sustentabilidad estará en el centro de la escena. Será cuestión de ver si esta vez la gestión local llevará la delantera y tendrá la capacidad de captar lo mejor del sector privado, procesarlo y darle mejor servicios a sus vecinos y, por qué no, mostrar un horizonte y un camino a los gobiernos provinciales y al nacional. Un camino hacia un gobierno exponencial.

 

Gonzalo Meschengieser