¡A los botes!

La educción argentina, hoy.

En estos días de entendible conflicto gremial docente (entre otros) pareciera que criticar la Educación Pública es estar en contra de la Defensa de la Escuela Pública, o a favor del gobierno actual. Dejando de lado el ambiguo adjetivo “público” que se puede aplicar a las escuelas tanto de gestión estatal como privada, mi experiencia me indica que nuestro sistema educativo actual hace agua y merece una profunda revisión. Pero hay que hacerlo ya porque el naufragio es inminente.

Hablaré de alumnos, docentes y padres; no de chicos, maestros y papás, como ha banalizado el periodismo. Puedo afirmar que:

Lo primero que aprenden los alumnos de primaria, luego de pasar por un aceptable nivel inicial, es a gritar, porque esa es la forma en que sus docentes se comunican con ellos desde un primer momento. Un círculo vicioso que transforma a las aulas y resto de la escuela en un ambiente excesivamente ruidoso que impide cualquier tipo de trabajo intelectual.

El trabajo en el aula de primaria casi siempre culmina con la realización de un “afiche” que terminado, se colocará en el pasillo. Sobre una plancha de papel afiche, los alumnos recortan textos e imágenes de medios gráficos relacionados con el tema. Cortan y pegan. Nadie piensa, el docente tampoco. Nadie mira luego su contenido, y un análisis somero de los afiches indica que los alumnos no manejan adecuadamente los conceptos, así como, en los casos de epígrafes manuscritos, éstos revelan una pobreza ortográfica y de redacción atroces (siempre teniendo en cuenta el nivel)

Ya en la secundaria, en los primeros años se trabaja igual, aunque progresivamente se pasa del pegar recortes de papel sin pensar,  a cortar de páginas de internet… y volver a pegar, siempre sin pensar. Cortar y pegar otra vez, solo que ahora es virtual y se hace en un archivo de Word. Ante la pregunta sobre la fuente utilizada, la respuesta es “Internet”. Esto es como si ante un determinado escrito del alumno, preguntado por la fuente, contestara “la biblioteca”.

Y así poco a poco, reciben su promoción, que les permite ingresar a estudios superiores, en los que su carencia de análisis crítico y comprensión de textos, obligará a los docentes a hacer malabarismos para dictar las materias, paliar el problema con cursos de lectura y comprensión, etc. La falta de lectura en años de escuela, lleva a ostentar un vocabulario paupérrimo, que impide pensar, procesar conceptos. El sistema educativo actual considera en la práctica, que el idioma es solo una herramienta de comunicación, cuando sabemos que para manejar ideas complejas, hace falta un vocabulario rico que permita ponerle nombre a los variados conceptos que las componen; esto último, por supuesto aparece en los Diseños Curriculares (otro tema) pero no en las aulas. Guillermina Tiramonti, funcionaria del actual gobierno, siempre quita valor a la lectura tradicional de libros…

En el siglo XXI, aprender a leer los textos audiovisuales y los hipertextos es condición indispensable para la incorporación de las nuevas generaciones a un intercambio cultural que permita la constitución activa de la ciudadanía. (…) Esta falencia de la función básica de la escuela resulta de su incapacidad de reconocer los nuevos códigos culturales y de poner en juego los instrumentos que proporciona la cultura letrada para interactuar inteligentemente con los medios audiovisuales y electrónicos

Educ. Soc., Campinas, vol. 26, n. 92, p. 889-910. 2005

Muchos acordarán conmigo en que los jóvenes que tienen un celular en la mano, no están leyendo… Y que el manejo de códigos audiovisuales, si bien necesario para manejar gráficos o imágenes ilustrativas, no llevará a esa necesaria riqueza de vocabulario tan necesaria para procesar ideas más complejas que “tengo hambre” “me gusta esa chica” o “cómo bajar música de Spotify”.

El gobierno anterior ha hecho cosas buenas por la educación: aumentó el presupuesto educativo, mejoró progresivamente el salario de los docentes (aunque estos lo nieguen) dotó de netbooks a los alumnos, lo que permitió superar la brecha digital de la población, aumentó la inclusión… Pero, lamentablemente la inclusión fue solo física, quedó fuera la estructura cognitiva de los incluídos, quienes solo hicieron acto de presencia en una escuela cuyos únicos parámetros de calidad a considerar fueron la cantidad de días de clase y los porcentajes de retención. Los docentes hemos recibido la orden nunca escrita de aprobar a todos; y a los que nos hemos tomado en serio la función docente, la falta de autoridad (mencionada repetidamente por Gustavo Iaies) no nos ha dado la posibilidad de enseñar adecuadamente. ¿Por qué?

Jóvenes incluídos solo físicamente en el aula, agravaron aquella situación no tan corriente de que unos pocos alumnos inmotivables, alteraban la eficiencia áulica del proceso educativo. Poco a poco, el fenómeno de la escuela antidemocrática que hacía al docente quitarle atención a la mayoría para dársela a los “alumnos problemáticos” se  agudizó. El docente, que  ya se estaba transformando en un animador socio cultural, que debía lograr una buena “convivencia”, pasó al extremo de dejar su función principal, para llegar solo a sobrevivir a la hora de clase.

Agreguemos a esto la falta de dirección de los directivos, que solo se ocupan de la cada vez más  kafkiana burocracia escolar, que ahoga a su vez a los docentes en una maraña de planificaciones que nadie lee, declaraciones juradas, diagnósticos, jornadas soporíferas, cambiantes reglamentaciones para las calificaciones, códigos de convivencia, seudo capacitaciones, proyectos institucionales, y montones de actividades que van sumando siglas y siglas… Y sobre todo esto, la organización de los viajes y fiestas de egresados, así como el acto de colación a fin de año.

Por otra parte, las escuelas privadas, caras o baratas, parroquiales o de elite, no escapan en su mayoría a estas críticas. Solo ofrecen una mejor hotelería (en algunos casos) los docentes son los mismos de la escuela estatal y tienen la ventaja de que la dirección es la misma todos los días, a diferencia de la estatal en que cada día de la semana una persona diferente ocupa la dirección. Imaginemos un hospital que funcione de esa forma,  o un barco que cambie de capitán cada día. La analogía me lleva a darle un remate a esta enunciación de penurias…

Hay que dar un cambio urgente de rumbo, para lo que es preciso echar el ancla, y pensar hacia dónde queremos ir como sociedad. Solo nos consuela saber que este problema es mundial, y que algunos países lo han resuelto aceptablemente bien. Para continuar con la analogía, espiemos sus cartas náuticas, sus astilleros, su  industria naval y luego decidamos si hay que cambiar el rumbo… y reparar el barco o cambiarlo por otro.  Rápido, porque el que tenemos se hunde…