La evaluación PISA
Cuando se tiene claro el por qué se responde a cualquier cómo. F. Nietzshe.
Argentina comenzó a participar en 2006 en el mayor estudio en la Historia de la Educación: Programme for International Student Assesment (Programa para la Evaluación Internacional de Estudiantes) cuya sigla es PISA. Es llevada a cabo por la OCDE, la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos, un organismo de cooperación internacional compuesto por 35 estados, cuyo objetivo es coordinar sus políticas económicas y sociales. La OCDE fue fundada en 1960, su sede está en Francia y es una consecuencia del plan Marshall. Los países miembros se comprometen a aplicar los principios de liberalización, no discriminación, trato nacional y trato equivalente. El principal requisito para ser país miembro de la OCDE es liberalizar progresivamente los movimientos de capitales y de servicios. Nuestro país no pertenece a esta institución, conocida como el “club de los países ricos”, solo actúa en carácter de invitado.
Obviamente, OCDE es un organismo que reivindica las leyes del mercado y la libre empresa, algo que para quienes estamos formados en el pensamiento nacional, no suena muy bien… Por aquí pasan muchas de las críticas a la implementación de la evaluación PISA en Argentina, hechas básicamente por izquierdistas a la violeta. No debe importarnos el objetivo para el que fue creada esta herramienta, sino si puede ser útil para beneficiar a nuestro pueblo, de la misma manera en que lo hacemos con un sistema operativo Windows para computadoras o una guitarra Yamaha para interpretar chacareras…
El programa mide conocimientos y destrezas para la vida y no se enfoca en un curriculum. Evalúa las áreas de Comprensión lectora, Matemáticas y Ciencias y asume, por ejemplo, que el resultado fundamental de la educación científica (centro de atención en 2006) debería consistir en lograr alumnos científicamente alfabetizados, esto es, que superen la formación científica nominal (conocimiento de nombres y términos); la formación funcional (utilizar el vocabulario científico en ciertos contextos) y –resumo- logren llegar a poseer la capacidad de emplear el conocimiento científico para identificar preguntas y sacar conclusiones a partir de pruebas, con el fin de comprender y ayudar a tomar decisiones acerca del mundo natural y de los cambios que la actividad humana produce en él. Recurro a un ejemplo del área científica, porque es aquella a la que me he dedicado tanto en investigación como en docencia. Pero cualquiera de nosotros, independientemente de su área de especialización acordará con que el ideal es que hoy los alumnos no acumulen conocimiento, sino que puedan utilizarlo. En la antípoda de este pensamiento se encuentra el “cortar y pegar” que marca al sistema educativo actual, el real, no el de los diseños curriculares…
Muchos países hicieron un análisis serio de la eficiencia de sus sistemas educativos, en varios momentos de su historia, y apelaron a todo tipo de herramienta de evaluación para llegar a una conclusión orientadora. Los EEUU, en su momento evaluaron que si no se hacía una reforma educativa, sería imposible ganarle a la URSS la carrera espacial, que ya había puesto a Yuri Gagarin orbitando el planeta. Así se recurrió al hoy devaluado conductismo; el resultado lo conocemos. Más tarde, en 1983 hubo otro grito de alarma sobre el riesgo que corría la nación. El documento “A nation on risk” afirmaba “…por primera vez en nuestra historia, las destrezas educacionales de una generación no superarán, no igualarán, ni siquiera estarán cercanas a las de sus padres”. Hoy los EEUU no son el mejor ejemplo de que adoptar una prueba como PISA les permita aumentar la eficiencia del sistema: se mantienen entre los puestos 25º y 35º, e incluso han descendido. Obviamente no han encontrado el remedio para males bien diagnosticados… Pero otros países que reconocieron su crisis, lograron mejorar su situación en mayor o menor medida. Es el caso de Finlandia, Alemania, países asiáticos…
Un dato interesante que arroja la evaluación: Australia, Bélgica, Canadá, la República Checa, Finlandia, Japón, Corea, Nueva Zelanda y los Países Bajos gastaron menos que los Estados Unidos pero lo hicieron relativamente bien, mientras que los Estados Unidos gastaron mucho más, pero estuvieron por debajo del promedio de puntaje obtenido. La República Checa estuvo entre los diez primeros, pero sólo gastó un tercio por estudiante de lo que gastaron los Estados Unidos, por ejemplo, pero estos quedaron en el lugar 24º entre los 29º países comparados. Por otra parte, Alemania invierte relativamente mucho más dinero en educación que Finlandia, pero los fineses siempre están en los primeros puestos, muy por encima de los germanos. Eso sí, la evaluación mostró que en todos los países, los estudiantes de sectores de mayores ingresos están mejor educados y tienden a alcanzar mayores resultados, lo que fue más evidente en algunos países, como Alemania.
Este sencillo aporte, casi una charla de café, pues no soy un especialista, tiene la intención de generar una discusión en serio sobre la crisis educativa argentina, a partir de la aceptación de la misma, en lugar de negarla, como se ha hecho hasta ahora. Finlandia aceptó su fracaso, y así llegó hasta ser hoy un ejemplo de cómo mejorar el sistema educativo, gastando menos plata que otros países. Afortunadamente, este es un tema que trataremos próximamente en el Ateneo.
Guillermo Haut

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