POPULISMO, ANTIPOPULISMO Y PERONISMO

 

  (Texto completo de la exposición de Pascual Albanese en la comida de la Peña Eva Perón realizada el miércoles 17 de mayo).

           

   Para empezar, un comentario autorreferencial, que nunca es conveniente pero siempre halaga el ego. En julio 2008, en medio del conflicto del gobierno de Cristina Kirchner con el sector agropecuario, junto con mi amigo Jorge Raventos, aquí presente, y con Jorge Castro, publicamos un trabajo titulado “La Argentina después de Kirchner”, en el que decíamos que el sistema de concentración de poder político y económico construido por Néstor Kirchner desde mayo de 2003 era el principal obstáculo para la inserción del país en un escenario mundial extraordinariamente favorable para la Argentina. El corolario político era obvio: para avanzar, era necesario remover ese obstáculo.

    Por ese motivo, el 10 de diciembre de 2015 marcó casi automáticamente la reinserción de la Argentina en el sistema mundial. Más que un mérito de Mauricio Macri, este hecho fue una consecuencia directa de la derrota electoral del kirchnerismo y su retirada del gobierno y se materializó con el apoyo brindado por el peronismo en el Congreso Nacional al acuerdo con los “hold outs”, que terminó con la cesación de pagos.

      Si uno repasa las noticias de las últimas semanas, va a encontrar en Venezuela y Santa Cruz los rasgos de dos historias paralelas, que tienen como escenario sendas economías petroleras y rentísticas. Nuestro amigo Moisés Ikonicoff, en su libro “De la cultura de la renta a la economía de producción”, publicado en 1989, ya había descripto las características y las consecuencias de ese fenómeno, cuyo agotamiento estamos presenciando en Venezuela y en Santa Cruz.

      Pero conviene colocar este tema en debate político de hoy. Porque en el plano discursivo,  en un remedo caricaturesco de la antinomia entre el capitalismo liberal y el colectivismo marxista, que signó el debate intelectual y político mundial a lo largo del siglo XX, la  Argentina parecería asistir hoy a una controversia entre ese populismo anacrónico, que nos gobernó durante doce años, usurpando el nombre y la representación política del peronismo,  contra un elitismo ilustrado que pretende enseñar al pueblo el camino a seguir.

    Desde algunos sectores del oficialismo y una parte importante de los medios de comunicación, se pretende utilizar la crítica al populismo, que es justa y legitima, como un instrumento para confrontar electoralmente con un peronismo que, a pesar de sus hondas contradicciones internas, avanza, trabajosamente y a los tumbos, en busca de una actualización doctrinaria y una renovación política que le permita recrear su identidad y volver a erigirse en una alternativa de gobierno para la Argentina.

   En la edición  de hoy de La Nación, en su sección de opinión, hay un largo artículo, a página entera,  firmado por Rogelio Alaniz, un intelectual que integra el club político argentino (una suerte de Carta Abierta del actual gobierno), cuyo título lo dice todo: “En  octubre se elige entre Macri o Kirchner”. Con un título semejante es posible ahorrarse la lectura del artículo….

  Lo que sucede es que esta campaña antipopulista utiliza al populismo como frontón, pero  tiene en realidad como blanco al peronismo como fuerza política. En lo táctico, apunta a generar una polarización con el kirchnerismo que favorezca electoralmente al gobierno. En lo estratégico, está orientada a sepultar al peronismo en el baúl de los recuerdos de la historia. 

  El elitismo, de obvia raigambre oligárquica, busca guiar a un pueblo inculto por el camino del progreso. El populismo pretende utilizarlo como masa de maniobra para ocupar la maquinaria del Estado, a fin de usarla como instrumento de concentración de poder para favorecer a una minoría privilegiada y parasitaria que se beneficia de ese control para apropiarse de los  recursos públicos. Habla de los pobres pero enriquece a la casta gobernante, a los López (se llamen Cristóbal o José) y a los Kirchner (llámense Néstor, Cristina o Máximo).

  El común denominador entre estas dos concepciones es que ambas coinciden en que el pueblo es incapaz de pensar y actuar por sí mismo, o por lo menos que resulta peligroso que eso ocurra.

   En su reciente discurso ante un grupo de diputados europeos, Cristina Kirchner puso en blanco sobre negro lo que ni el más atrevido de los plumíferos del antipopulismo en la Argentina se había animado a decir: “la sociedad  no está capacitada para leer lo que pasa detrás de las noticias”.

  Esto revela que en los dos lados del mostrador, tanto del elitismo como del populismo, existe una idéntica subestimación de lo popular. Y, como bien me recalcaba hace unos días mi amigo Víctor Lapegna, para poder encarnar políticamente los sentimientos y las aspiraciones de un pueblo lo primero es amar a ese pueblo, en sus cualidades y aún en sus defectos, y no despreciarlo.

   Pero como ahora el antipopulismo está de moda, conviene mostrar su radiografía. Porque este debate se remonta a los orígenes del pensamiento político. Platón, que preconizaba la “república de los sabios”, desconfiaba del juicio de las mayorías. El lenguaje político de la Atenas del siglo V A.C. contraponía a los “algunos” (la elite ilustrada) y a los “numerosos” (la masa popular) como las dos partes en que se dividía la sociedad. Platón entendía que los ”algunos” eran dueños de una razón superior, a la que los “numerosos” no estaban  en condiciones de acceder.

  Para  Aristóteles, si bien era  innegable que, individualmente  considerados, cada uno de los “algunos” podía estar intelectualmente mejor dotado que cada uno de los “numerosos”, también era cierto que, numéricamente, los “algunos” eran muy pocos y los “numerosos” eran muchísimos más y que, por lo tanto, no era imposible que, si cada uno de ellos aportaba su cuota de lucidez, esa suma podía totalizar una producción de conocimiento más importante que la surgida de las elites.

  Con esa presunción, planteada hace 2.500 años, nació el argumento fortaleció, desde el punto de vista científico, el fundamento ético que otorga legitimidad a la democracia como sistema político.

      Ni el pensamiento elitista ni las visiones populistas comparten ese supuesto sobre la sabiduría colectiva que anida en los “numerosos” y que está en la raíz del sistema democrático.

   Como el pueblo es inculto, sólo puede ser guiado por las elites ilustradas o manipulado por los demagogos, jamás  tenido en cuenta como un protagonista de la política, y mucho menos de la historia.   

   En el siglo XXI, la aceleración de la globalización acentuó esa distancia entre las elites ilustradas, por definición son cosmopolitas y trasnacionales (no es una crítica, es la mera  constatación de un hecho), y los pueblos, que privilegian el valor del arraigo, esto es de sus raíces, y la reivindicación de su  identidad.

  Las elites son “globalistas”, trasnacionales. Los pueblos tienden a la afirmación de lo nacional, de aquello que les es propio e intransferible.

    Hoy, ante la creciente ola de repudio de los pueblos, ya no sólo en el mundo emergente o en América Latina, sino también en Europa y Estados Unidos, las elites cosmopolitas responden con la acusación indiscriminada de “populistas” contra todos quienes cuestionen su derecho a gobernar, derivado de su condición de exclusivas propietarias de la razón.

    En la Argentina, las invectivas apuntan directamente contra el peronismo, considerado el único culpable de todos los males de las últimas décadas. Para esa prédica, hay dos libros emblemáticos. Uno es de Fernando Iglesias (“Es el peronismo, estúpido”. El otro es de Silvia Mercado “El relato peronista”. Se destaca también, entre muchos, un  “periodista estrella”: Jorge Fernández Díaz, en sus habituales columnas en las páginas dominicales de La Nación.

   Lo curioso es que esta discusión trasciende las fronteras argentinas. El 23 de mayo es la entrevista entre el Papa Francisco y el presidente norteamericano Donald Trump. La reunión tiene un enorme significado: se juntan el presidente de la nación más poderosa del mundo y el líder espiritual más importante del planeta.

    Les propongo un ejercicio. Si uno busca en Google y pone Trump-peronismo, va a encontrar docenas de referencias, la mayoría bastante disparatadas. Si busca  Francisco-peronismo, encuentra ya no decenas sino centenares de referencias, algunas disparatas y otras no tanto….

  Lo mismo sucede con los medios periodísticos internacionales. Financial Times de Londres, el diario emblemático de la City británica, en agosto de 2016, titulaba: “Trump puede convertirse en el Perón de Estados Unidos”. En febrero de 2016, ese premonición se convertía en certeza y titulaba  “Un peronista en el Potomac”  (febrero de 2017).

  Sería también sobreabundante y extenuante mencionar las continuas referencias de la prensa internacional a los vínculos entre Francisco y el peronismo, utilizados muchas veces para descalificar a ambos…

   Lo significativo es que cuando en la Argentina florecen los pronósticos acerca de la desaparición del peronismo, en el mundo, involuntariamente y como rindiéndose a la evidencia, se derraman interpretaciones que, con independencia de su veracidad objetiva, por su sola existencia, demuestran aquello de que “los muertos que vos matáis gozan de buena salud”.

El populismo está de moda, sobre todo por el antipopulismo. Primero fue el populismo “de izquierda”, un sucedáneo tardío y deformado del marxismo, teorizado por Ernesto Laclau y propagandizado aquí por los intelectuales de Carta Abierta, para ensalzar a la Venezuela de Chávez y la Argentina de los Kirchner. 

 Ahora es el populismo “de derecha”, que se manifiesta en Europa y Estados Unidos como una rebelión  contra las elites ilustradas,  propietarias del saber simbólico, aquéllas que desde las academias, las universidades, las usinas intelectuales y los medios de comunicación deciden lo que está bien y lo que está mal.

    En el caso de la Argentina, esa rebelión contra las elites ilustradas evoca la consigna de  “Alpargatas si, libros no!” entonada por los trabajadores en las calles de Buenos Aires en las jornadas de 1945, no como un ataque a la cultura, sino como una reivindicación del saber popular, derivado del mundo del trabajo, y una expresión de repudio a las elites ilustradas que rechazaban el ascenso político del pueblo.

Desde entonces, en la Argentina, los ataques contra el populismo, por derecha o por izquierda, apuntan contra el peronismo. El personaje político que hoy encarna más cabalmente esa actitud es Elisa Carrió.

   El principal error de esta imputación de “populismo” es que ataca al peronismo por lo que no es. Porque, contra lo que afirma la prédica incesante del antiperonismo de izquierda y de derecha, el peronismo no es equiparable a ninguno de los múltiples especies de populismo de distinto signo ideológico que se propagan por el mundo, sea en América Latina, en Europa o en Estados Unidos.

  En un sentido estricto, el peronismo nunca fue un fenómeno populista, sino el movimiento popular más importante de la historia de América Latina, que es algo muy distinto. Esa condición de movimiento popular, alimentada por una identidad doctrinaria que incluye la exigencia de una constante adecuación a los tiempos, es la razón de su vigencia y su continuidad a más de cuatro décadas de la desaparición de su líder, un hecho que lo distingue de cualquier fenómeno populista de la historia.

  Desde un principio, a partir de su gestión en la Secretaría de Trabajo y Previsión, Perón distinguió conceptualmente entre “masa“ y “pueblo” y enfatizó que la diferencia entre ambos conceptos era el criterio de organización. “Sólo la organización vence al tiempo”, “después de mi la organización” y “la organización es el primer paso para cumplir cualquier obra” son apenas algunas de una infinidad de afirmaciones suyas que corroboran la permanencia de esa visión. No en vano su libro más importante se llama “la comunidad organizada”.

  Para perón, el poder es organización y la organización es poder. En su visión, el peronismo es “pueblocéntrico”, o sea actor y protagonista de la historia. En ese sentido, puede decirse que el populismo es histórica y estructuralmente preperonista.

    En su mensaje al Congreso Nacional del 1° de mayo de 1954, Perón subrayaba: “deseo, como si se tratara de un sueño largamente acariciado, que el tan mentado personalismo de Perón sea sustituido cuanto antes por el personalismo del pueblo argentino, de nuestra comunidad organizada”.

    En contraposición a los demagogos y populistas de todos los tiempos, perón impulsó la organización de los “numerosos”, los cabecitas negras, ese aluvión zoológico al que se refería el célebre diputado radical Ernesto Sanmartino,  para transformar, como dijo en ese mensaje de 1954, a una “masa inorgánica y amorfa” en un “cuerpo organizado”.

   Lo más importante de la década 1945-55 no fueron las grandes realizaciones sociales de esos años, sino la organización de los trabajadores, que  permitió defender esas conquistas tras el golpe de estado de 1955 y encarar, durante 18 años de proscripción, la lucha por el retorno de perón, que implicaba la reconquista de la democracia avasallada por los falsos defensores de “la República”.

   A diferencia la retórica populista, que coloca el acento social en la atención de la marginalidad y la prioridad económica  en la expansión del consumo,  y tal como señaló el propio Macri en el acto del 1° de mayo en Ferrocarril Oeste, Perón rescata “la estrella polar de la productividad”.

  En la cuarta de las “Veinte Verdades Justicialistas”, se señala que “no existe para el peronismo más que una sola clase de lo hombres: los que trabajan” y la quinta de esas Veinte Verdades afirma que “el trabajo es un derecho y un deber porque es justo que cada uno produzca por lo menos lo que consume”.

  Frente a una visión restrictiva de la democracia representativa, defendida por las elites para limitar la participación popular en las decisiones, y el contenido autoritario de la “democracia delegativa”, enarbolada por los apologistas del “populismo” para justificar su crítica a cualquier idea de institucionalidad, Perón consideraba que “la única forma de conciliar el gobierno con la libertad del pueblo es gobernar con las organizaciones el pueblo”. Es una definición inequívoca por democracia participativa y la concertación  social.

   Ante el cortoplacismo propio de todas las visiones populistas, que privilegian lo inmediato con independencia de las consecuencias futuras de las decisiones del presente, Perón siempre inscribió su acción en una perspectiva de largo plazo, en una visión  estratégico de la Argentina.

   Ante una visión apologética de la globalización, preconizada por las elites cosmopolitas, y el rechazo a la globalización, utilizado demagógicamente por el populismo, Perón afirmaba: “el hombre es el único ser de la creación que necesita habitar para realizar acabadamente su esencia. El animal construye una guarida transitoria, pero el hombre es el único que instaura una morada en la tierra, esa es la Patria. El universalismo constituye un horizonte que ya se vislumbra y no hay contradicción alguna en afirmar en la posibilidad de sumarnos a esa etapa naciente descansa en la exigencia de ser más argentinos que nunca. El desarraigo anula al hombre y lo convierte en indefinido habitante de un universo ajeno”.

    Un análisis del nuevo escenario mundial revela que esta visión estratégica de perón adquiere hoy más vigencia que nunca. La presencia de Francisco como personalidad política mundial responde por supuesto a su extraordinario carisma personal pero también a  una concepción doctrinaria: la teología del pueblo. Es la universalización de una  corriente teológica nacida en la Argentina en la década del 60, sellada a fuego por la experiencia histórica del peronismo  basada en el rescate de lo popular.

   En Francisco, esa concepción doctrinaria está acompañada hoy por un programa de acción, cuyo eje es el protagonismo de los “movimientos populares”, una denominación que evoca a las organizaciones libres del pueblo de las que nos hablaba Perón y que son el pilar de la comunidad organizada del siglo XXI.

    El kirchnerismo quedó atrás. Venezuela y Santa Cruz así lo demuestran. Lo de Santa Cruz tiene un enorme valor simbólico. Hace muchos años  Jorge Asis señalaba que el modelo del kirchnerismo era “la santracrucifixión de la Argentina”.

   Con la retirada del “kirchnerismo” y la asunción del gobierno de Macri, con sus luces y sus sombras, la Argentina ha removido el obstáculo que impedía su reinserción en el escenario mundial. La opción de hoy no es entre elitismo oligárquico y populismo anacrónico, no es entre Macri y Kirchner, como plantea Rogelio Alaniz en ese artículo de hoy en La Nación. Tampoco entre gradualismo o shock como discuten los economistas. La opción es entre una modernización impulsada desde arriba, que ya mostró sus límites en la década del 90, o una modernización basada en el protagonismo del pueblo y en la concertación social.

 Cuando Macri cita a Perón para decir que “la estrella polar es la productividad”, aprueba la bolilla uno. Pero le falta aprobar la bolilla dos: Perón lo dijo en el Congreso Nacional de la Productividad, convocado a principios de 1955, con la participación de todas las organizaciones de la producción y del trabajo, ante el   agotamiento de un largo ciclo económico fundado en la expansión del consumo y la necesidad de reformular el modelo económico para poner el acento en la inversión productiva y adecuarlo a un cambio en el escenario internacional.

  La disyuntiva estratégica de hoy es entre un camino de confrontación o un camino de concertación social. Y en este terreno, otra vez el peronismo, aún en su actual estado de horizontalización política, asume la iniciativa, para enseñarle al gobierno de Macri el camino a seguir. Miguel Pichetto, recogiendo una propuesta de nuestro compañero Julio Bárbaro, organiza entonces en el Salón Azul del Senado Nacional un acto público en la que expone Ramón Tamanez, un  ex dirigente del Partido Comunista Español que participó en la gestación del histórico Pacto de la Moncloa y en la que invitó a intervenir, por el radicalismo,  a Ernesto Sanz, y en representación del PRO, al presidente provisional del Senado, Federico Pinedo. 

 Las recientes y crecientes reuniones entre los gobernadores peronistas revelan también que, a pesar de sus enormes dificultades, el peronismo empieza a renovarse con vistas al futuro.

Porque ni el elitismo oligárquico ni el populismo anacrónico pueden dar respuestas efectivas a los problemas del presente y menos aún del futuro de la Argentina. Esa respuesta sólo puede surgir de la conjunción entre un pueblo organizado y una dirigencia lúcida, mancomunados de detrás de un proyecto nacional.

 El 10 de diciembre de 2015 empezó una etapa de transición entre el legado del kirchnerismo y la construcción de una Argentina que sepa articular las exigencias de la globalización con el imperativo de la justicia social. Esa transición está a mitad de camino.

  En lo inmediato, están de por medio las elecciones primarias de agosto y las elecciones legislativas de octubre. Es posible que en esta mesa no tengamos todos la misma posición frente a ese desafío. Pero seguramente todos vamos a coincidir en que en ambos casos, tanto en las primarias de agosto y en las generales de octubre, la prioridad táctica, sea por adentro o  por afuera de la estructura partidaria, es la derrota del kirchnerismo en el peronismo de la provincia de Buenos Aires.

   Porque estos resultados electorales de agosto y de octubre definirán el escenario para impulsar una amplia y profunda   reconfiguración política del peronismo para 2019, que nos permita eludir esa falsa opción  entre el elitismo oligárquico y el populismo anacrónico con la que se pretende dividir artificialmente a los argentinos y obstruir la construcción del porvenir de la Nación.

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